Un excéntrico lord en Colombia

2 abr

En su último boletín, los amigos de la librería colombiana Libélula trazan un perfil de nuestro excéntrico Lord Berners.  Lo compartimos con ustedes.

Por Christian Camilo Londoño

Dice Augusto Monterroso –Movimiento perpetuo, Solemnidad y excentricidad, FDCE, pág. 95– que la mejor forma de combatir la falsa solemnidad –de combatirla o de menguarla, no de exterminarla, porque, como efusión de la estupidez que es, es indestructible y no tiene cura– es la solemnidad verdadera o la excentricidad –“que suele ser solemne y sublime”. ¿Por qué? El excéntrico es el ser más auténtico de la creación: busca parecerse a sí mismo… y punto; ansía ser una mejor versión de sí, por desconcertante o cuerda que parezca; una frase que pudo haber dicho Chesterton es que “el excéntrico es el hombre que anhela reconciliarse constantemente con su alma, no con el mundo”, o algo así. Los falsos solemnes persiguen ser lo que no son, y de ahí que estén condenados al ridículo –a ser ridículos y risibles, peligrosos e infelices. Después de recordarnos estas cosas, Monti relata los casos de excéntricos ingleses eminentes –“Tal vez se decidan ustedes seguir su ejemplo y den así su propia batalla contra la ‘falsa’ solemnidad”–, ahora extintos: William Blake, que un día fue sorprendido por su amigo Butt leyendo el Paraíso perdido, “completamente despojado de esos molestos disfraces que han estado de moda desde la caída”, es decir, con el butt al viento –Tito apostilla que lo excéntrico hoy sería que entre nosotros alguien leyera a Milton; o Edward Lear, rey del nonsense e inventor del Limerick –suma rareza de la gracia verbal y la rima inglesas–, autoproclamado Lord Procurados de Galimatías y Absurdos, Grande y Magnífico Asno Peripatético y Luminaria Productora de Tonterías; o ese Conde de Bridgewater, amante de los perros y de los zapatos, que “si alguna vez pedía prestado un libro, lo devolvía en un carruaje especial escoltado por cuatro lacayos vestidos con suntuosas libreas”; o Charles Waterton, naturalista y amante de los animales, que a fuerza de entender su comportamiento, casi termina por desertar de la raza humana: “En el verano pasaba la mayor parte del tiempo en la copa de los [árboles] más altos de su jardín, en los que durante horas estudiaba las costumbres de los pájaros. Le encantaba rascarse la nuca con los dedos del pie derecho. Entre sus hábitos estaba el de caminar en cuatro patas debajo de la mesa cuando tenía invitados”; o Jeremy Bentham, que se mandó a momificar; o Burton –cualquiera de los dos, ambos fueron especímenes excéntricos–; o aquel Richard Heder, el mayor coleccionista de libros y manuscritos –su colección era sólo superada por la del Museo Británico–, quien tenía por principio conservar tres ejemplares de un mismo título, “uno para leer, otro para mostrar y otro para los amigos”, y, a su muerte, consiguió llenar nueve propiedades –en Inglaterra y Bélgica y París y toda Europa – de libros; dicen sus biógrafos que tomó cien años deshacer esa colección inverosímil*.

Sumemos a esa lista incomparable el nombre del por muchos llamado último excéntrico: Sir Gerald Hugh Tyrwhitt-Wilson, quinto baronet y décimo cuarto Barón Berners (1883 – 1950), conocido por sus amigos como Lord Berners a secas: pintor, músico, amante de los animales y escritor; un diletante y un excéntrico, en el mejor sentido: “no aspiraba a otra cosa que ser lo que era”. Cuentan del joven Berners que lanzó por la ventana el spanielde su madre, pues razonó que “si un perro es arrojado al agua y aprende a nadar, si es tirado al aire debería aprender a volar”. Relatan, también, que en 1935 mandó construir una torre de 140 pies de altura (42m aprox.), Faringdon Folly, con el único propósito de no tener ninguno; el consejo municipal se opuso a la construcción de semejante disparate; John Betjeman, poeta, salió en defensa de su amigo y reprochó al consejo su insensibilidad, incapacaz de ver la campiña inglesa no como una materia de trabajos de mejoría, “sino en términos de parques, panorámicas, árboles y nobles edificios”; el siglo XVIII contra el XX, “la diferencia entre un sentido del dinero y un sentido del espacio”, concluyó. La Torre fue construida y hoy vigila, inútil pero hermosa, en medio de un oasis de árboles, El valle del caballo blanco (The Vale of White Horse). Su holgada vida, su conocimiento de las artes, su gusto exquisito y carácter sutil le permitieron decir, al final de sus días: “Nunca he buscado explicarme a mí mismo por qué me gustan ciertas cosas. Soy un victoriano, y los victorianos jamás analizaban sus motivos”; ahí el secreto: él era él.
Y todo esta historia para contarles que La Bestia Equilátera publicó, con mucho arrojo, porque arrojo es lo que se necesita para desenterrar a un excéntrico del XIX en un siglo que demanda de nosotros que seamos diferentes de quienes somos todo el tiempo –tal vez esa sea la razón por la que hoy por hoy se ataca y se mancilla y pone en entredicho el futuro del libro–, publicó, repito, hace unos años, El Camello (1934), que llegó el mes pasado a nuestra librería. Decir que El Camello fascinó a Stravinski, era la novela favorita de Dalí o que puede leerse como un guión de Anthony Trollope filmado por Luis Buñuel no es tanto como afirmar que lo escribió un solemne de verdad: Lord Berners.

 

* Sobre excéntricos coleccionistas de libros recomendamos un libro editado por Melusina: Bibliofrenia o la pasión irrefrenable por los libros. El autor, Joaquín Rodríguez, recoge en ese tomito veinte biografías de bibliómanos compulsivos. En ‘Proyect Gutenberg’ es posible encontrar el primer libro sobre esa pasión, escrito nada más y nada menos que por uno de los mejores amigos de Heber, Thomas Frognall Dibdin: Bibliomania; Or Book-Madness; A Bibliographical Romance.

Fuente: Libélula libros

Foto: Raúl Hernández González

 

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