Historico por Tag: Maria Martoccia

El campo de Desalmados

7 may

por Laura Ramos

Me gusta el campo en la literatura de María Martoccia porque se parece al campo árido y amarillo, de pasto seco, seco de espíritu, de mi adolescencia (Despeñaderos, provincia de Córdoba). En el campo de María Martoccia a los loros se los quema, cuando no se los comen los perros; a las vacas se las carnea y a los pulgones se los aniquila con sulfato; las pieles de los conejos se clavan en marcos de madera; a los perros vagos que no ladran, que no sirven para nada, se los ahorca. En el campo donde se refugió mi padre, que desconocía todo sobre el campo pero que leyó mucho sobre cría de animales, de un día para otro se instalaron decenas de familias de ovejas, de vacas, de cerdos y de perros hambrientos. Los animales, desprotegidos a causa de la impericia de mi padre para su crianza pese a su afán por vencer esa dificultad, fuera de control como no fuera bajo el control malvado de la naturaleza, se comieron unos a otros, en una serie de sacrificios sin ritual ni sentido, sin otra poesía que la poesía del mal.

El escritor austríaco Thomas Bernhard, en su novela El sobrino de Wittgenstein , que leí mucho antes de conocer la obra de María Martoccia, abomina del campo: “Era inimaginable qué podía buscar en el campo Irina, mujer de la gran ciudad. Aquella mujer que, año tras año, iba cada noche a un concierto o a la ópera o a una obra de teatro, había alquilado de la noche a la mañana una alquería de una sola planta, de la que la mitad se utilizaba como pocilga, como pudimos comprobar con espanto Paul y yo, y en la que no sólo había goteras sino que, además, como no tenía sótano, había una humedad que llegaba hasta el techo. Y allí estaban sentados de repente Irina y su musicólogo, que durante años había escrito en periódicos y revistas vieneses, apoyados en una estufa americana de hierro colado y comiendo el llamado pan de aldeano hecho en casa, con la ropa raída y desgarrada y, mientras yo me tenía que tapar las narices por el penetrante olor de la pocilga, elogiaban el campo y maldecían de la ciudad. El musicólogo no escribía ya artículos sobre Webern y Berg, sobre Hauer y Stockhausen, sino que partía leña ante la ventana o vaciaba las aguas fecales de la cegada letrina. Irina no hablaba ya de la Sexta o la Séptima, sino nada más de la carne ahumada que, con sus propias manos, había colgado en la chimenea, no hablaba ya de Klemperer o la Schwarzkopf, sino del tractor del vecino que la despertaba ya a las cinco de la mañana, con el gorjeo de los pájaros. Al principio habíamos creído que Irina y su musicólogo marido volverían muy pronto a la música, dejando su fascinación por la agricultura, pero nos engañamos. Pronto no se habló ya en absoluto de música, como si nunca hubiera existido. Íbamos a verla, y nos servía su pan amasado por ella misma y su sopa cocinada por ella misma y además los rábanos cultivados por ella misma y tomates cultivados por ella misma, y nos sentíamos engañados y pensábamos que nos tomaba el pelo. En pocos meses, Irina se había convertido de la mujer refinada de la gran ciudad y la más apasionada de las vienesas en una provinciana de la Baja Austria, honrada campesina, que colgaba en la chimenea su carne ahumada y cultivaba sus hortalizas, lo que, desde nuestro punto de vista, equivalía a una autodegradación radical y no podía dejar de repelernos”.

Como Irina, María Martoccia, por lo que sé, vive en el campo, en el interior de la provincia de Córdoba (la misma topografía de Despeñaderos, se me ocurre, por la cercanía geográfica y la hosquedad de sus héroes), pero a diferencia de Irina, escribe libros, y no creo que cocine su propio pan o siembre hortalizas. No creo que cultive estas costumbres rurales alguien que describe el campo con tal parquedad, sin ningún apego, sin ánimo de construir una mística pero con la decisión de crear una atmósfera (Sierra Padre; Desalmadas). En esos términos es que su lectura me traslada a la atmósfera del campo, al que mi abuela llamaba Desamparados pero que podría llamarse también Desalmados, donde viví con mi madrastra durante el golpe de estado de 1976. Los personajes de María Martoccia se asientan, como dice Luis Chitarroni, en “las gélidas aguas del cálculo egoísta”. Las mismas gélidas aguas en las que navegan los personajes de Honorato de Balzac, algunas de cuyas aventuras, desplegadas en los dieciséis volúmenes desvencijados de la biblioteca de mi padre, leí durante aquel invierno.

En el comienzo de Ursula Mirouët , Balzac reúne en la placita de la iglesia del pueblo de Nemours a los herederos que traman una conspiración contra la heroína. No hay bondad ni campechanía provinciana en el campo de Balzac. Sin embargo, pese al cálculo egoísta al que alude Luis Chitarroni (cita a Carlos Marx en Mil tazas de té , un libro precioso), las novelas provincianas de Balzac no me hablan de la topografía que conozco, sino de una topografía de costuras y bordados que se enlazan con el mundo imaginario en el que me gustaría vivir.

 

Vía Clarín

Frankfurt 2010, crónica de María Martoccia

20 oct

Decimos que nos alojaron en “Warnes” porque nuestro hotel está rodeado de galpones y oficinas en donde ofrecen repuestos automotrices; pero las construcciones parecen galerías de arte, clínicas, hay rosales… y ¿florecen las gramíneas? Saqué una foto para llevársela a un mecánico cordobés que explica el desperfecto escarbando el piso de tierra de su taller con un palito; en la esquina de Schmidtstrasse exhiben relucientes Ferraris rojas. Para llegar a la estación del tranvía, cruzamos un barrio de inmigrantes, los taxistas llevan el Corán en la guantera, repiten que es un “Peaceful Country” y confiesan -si el viaje es suficientemente largo- que llegaron a Frankfurt para concertar un matrimonio pactado en las montañas, ¡Ay, los familiares creen después de un año que se hicieron millonarios y piden regalos inalcanzables! Junto a una puerta, un cartel proclama: “Mi casa, Mi jardín” Y una minúscula bandera germana flamea como si le diera cachetadas al aire.
Todos tenemos la ropa ajada, circulan las aspirinas, recomiendo frotarse las muñecas con aceite de lavanda. Una traductora rumana busca a Daniel Guebel, nariz aguileña y ojos claros. Dice: “Necesito La Perla del Emperador, nos comunicábamos por Facebook pero yo después lo traicioné y leí a Levrero. ¿Creen que podré retomar?” Le aseguro que sí. Se rumorea que ni Piglia ni Aira aceptaron venir a la Feria, otros dicen que ni siquiera los invitaron porque ya sabían que se negarían ¿No había de todos modos que…?
Alguien hojea Siluetas de Luis Chitarroni y me aclara que los textos cortos no se venden. Triste. Se hace un silencio, aceptamos la tristeza. Abajo, en el subsuelo, los íconos: Borges y Cortázar, maestros de lo breve. Un editor inglés me muestra la foto de un perro de pelaje lustroso y la mirada boba de los cazadores. “¿Es suyo?”, pregunto. Ojos azul metálico, bromea con su asistente, una rubia preciosa, es tan machista como su buena prestancia le permite. Y eso es mucho. “¿Mío?”, repite, con prolijo desdén. “Si uno piensa que se adueña de una vida…” Guarda la foto. “Cuénteme de la editorial, cuénteme sobre sus novelas”, me pide. Quisiera ser como el agente de Wylie, un chacalito tímido: relato preciso, controla el nerviosismo, manos de pianista, esa misma mañana casi en un susurro, explicó: ”Parece que en Nigeria cuando uno sale de su casa entra gente y la pone en venta. Por eso el título: “This House is not for Sale”. Pero no le llego a los talones y tartamudeo. Quien hojeó Siluetas vuelve presuroso y me aclara: “Para Chitarroni debemos esperar unos años”, y añade para consolarme: “Menos de lo que usted piensa”. Llega la noticia de que Vargas Llosa ganó el Nobel, resuena como si ya hubiera sucedido; había ilusiones de que lo ganara Gelman, yo también las tuve.
Camino por una calle céntrica, en un mercado hay frutas envueltas y rodajas de papaya. Como si guardara alguna relación pienso en Leonardo Favio, un presentimiento, yo que no los tengo. Una vez me dijeron que me parezco a él y fue uno de los halagos más grandes que recibí; guardo esa frase como si fuera una medalla que saco para lustrar cuando estoy ansiosa. Me quedé con ganas de escuchar más a Bareinbom, pero no me puedo quejar. Algún día escribiré bien.

LA BESTIA EQUILATERA EN FRANKFURT

7 oct

NOVEDADES DE AGOSTO

9 ago

Desalmadas de María Martoccia

Los personajes de María Martoccia están siempre en movimiento: dos mujeres emprenden el camino a la sierra con otra a cuestas, en busca de una herencia que las salve de la penuria. Una madre quiere que su hija recupere la cordura, pero un ladrón de poca monta logra en cambio que pierda a la hija. Un comisario sale a caballo y, con la ayuda de la bruja local, no evita un asesinato y encuentra a una joven muerta de amor. Venderle el alma al diablo parece buen negocio, pero al final todos recibirán, con o sin su intervención, lo que merecen: amor, la niña sin juicio; tierra, la joven asesina; salud, la vieja moribunda; y unos pocos pesos la curandera. No es el narrador quien distribuye premios y castigos sino la novela misma, cuya sola arquitectura permite una vez más canjear lo que pensamos por una ficción inolvidable de la autora de Sierra Padre.

 

María Martoccia, porteña nacida en 1957, estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires. Se casó con un británico, viajó por el norte de África y el Sudeste asiático y vivió en Yemen antes de que estallara la guerra. Publicó Caravana (1996, reeditado en 2009 por La Bestia Equilátera), el libro de semblanzas biográficas Cuerpos frágiles, mujeres prodigiosas (2002, coautora junto con Javiera Gutiérrez) y las novelas Los oficios (2003) y Sierra Padre (2006). En la actualidad vive en un pueblo de las sierras en la provincia de Córdoba.

María Martoccia por Damián Tabarovsky

8 jun

De María Martoccia, La Bestia ha publicado la reedición de su libro de cuentos Caravana, un conjunto de relatos irónicos y oblicuos que atraviesan los temas del extranjero, la lengua materna, el viaje y las relaciones familiares. Muy pronto, editaremos su nueva novela, Desalmadas, nuevo punto de partida en su obra.

Mientras tanto, un excelente artículo de Damián Tabarovsky sobre la autora de Sierra Padre.