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Frankfurt 2010, crónica de María Martoccia

20 oct

Decimos que nos alojaron en “Warnes” porque nuestro hotel está rodeado de galpones y oficinas en donde ofrecen repuestos automotrices; pero las construcciones parecen galerías de arte, clínicas, hay rosales… y ¿florecen las gramíneas? Saqué una foto para llevársela a un mecánico cordobés que explica el desperfecto escarbando el piso de tierra de su taller con un palito; en la esquina de Schmidtstrasse exhiben relucientes Ferraris rojas. Para llegar a la estación del tranvía, cruzamos un barrio de inmigrantes, los taxistas llevan el Corán en la guantera, repiten que es un “Peaceful Country” y confiesan -si el viaje es suficientemente largo- que llegaron a Frankfurt para concertar un matrimonio pactado en las montañas, ¡Ay, los familiares creen después de un año que se hicieron millonarios y piden regalos inalcanzables! Junto a una puerta, un cartel proclama: “Mi casa, Mi jardín” Y una minúscula bandera germana flamea como si le diera cachetadas al aire.
Todos tenemos la ropa ajada, circulan las aspirinas, recomiendo frotarse las muñecas con aceite de lavanda. Una traductora rumana busca a Daniel Guebel, nariz aguileña y ojos claros. Dice: “Necesito La Perla del Emperador, nos comunicábamos por Facebook pero yo después lo traicioné y leí a Levrero. ¿Creen que podré retomar?” Le aseguro que sí. Se rumorea que ni Piglia ni Aira aceptaron venir a la Feria, otros dicen que ni siquiera los invitaron porque ya sabían que se negarían ¿No había de todos modos que…?
Alguien hojea Siluetas de Luis Chitarroni y me aclara que los textos cortos no se venden. Triste. Se hace un silencio, aceptamos la tristeza. Abajo, en el subsuelo, los íconos: Borges y Cortázar, maestros de lo breve. Un editor inglés me muestra la foto de un perro de pelaje lustroso y la mirada boba de los cazadores. “¿Es suyo?”, pregunto. Ojos azul metálico, bromea con su asistente, una rubia preciosa, es tan machista como su buena prestancia le permite. Y eso es mucho. “¿Mío?”, repite, con prolijo desdén. “Si uno piensa que se adueña de una vida…” Guarda la foto. “Cuénteme de la editorial, cuénteme sobre sus novelas”, me pide. Quisiera ser como el agente de Wylie, un chacalito tímido: relato preciso, controla el nerviosismo, manos de pianista, esa misma mañana casi en un susurro, explicó: ”Parece que en Nigeria cuando uno sale de su casa entra gente y la pone en venta. Por eso el título: “This House is not for Sale”. Pero no le llego a los talones y tartamudeo. Quien hojeó Siluetas vuelve presuroso y me aclara: “Para Chitarroni debemos esperar unos años”, y añade para consolarme: “Menos de lo que usted piensa”. Llega la noticia de que Vargas Llosa ganó el Nobel, resuena como si ya hubiera sucedido; había ilusiones de que lo ganara Gelman, yo también las tuve.
Camino por una calle céntrica, en un mercado hay frutas envueltas y rodajas de papaya. Como si guardara alguna relación pienso en Leonardo Favio, un presentimiento, yo que no los tengo. Una vez me dijeron que me parezco a él y fue uno de los halagos más grandes que recibí; guardo esa frase como si fuera una medalla que saco para lustrar cuando estoy ansiosa. Me quedé con ganas de escuchar más a Bareinbom, pero no me puedo quejar. Algún día escribiré bien.