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Una Reina sobre una Dama

30 dic

Lugar de la aparición: Alan Bennett, Una lectora nada común, Barcelona, Anagrama, 2008 (traducción de Jaime Zulaika).

Ceri-Radford

Ella aún no había resuelto su problema, porque sabía que si se marchaba con las manos vacías el señor Hutchings pensaría que la biblioteca era algo deficiente. Entonces, en un estante de volúmenes de aspecto bastante raído, vio un nombre que recordaba.

—¡Ivy Compton-Burnett! Puedo leer esto.

Sacó el libro y se lo dio al señor Hutchings para que lo sellara.

—¡Qué delicia! —Abrazó el libro, con un ademán poco convincente, antes de abrirlo—. Oh, la última vez que lo pidieron fue en 1989.

—No es una autora popular, señora.

—Vaya, me sorprende. Yo la hice Dame.

El señor Hutchings se abstuvo de decir que aquel no era necesariamente el camino para llegar al corazón del público.

La reina miró la foto en la contracubierta.

—Sí, recuerdo aquel pelo, era como la corteza de una empanada alrededor de la cabeza. —Sonrió y el señor Hutchings supo que la visita había concluido—. Adiós.

El bibliotecario inclinó la cabeza, como le habían dicho que debía hacer si alguna vez surgía la eventualidad, y la reina se fue en dirección al jardín, mientras los perros ladraban otra vez salvajemente. Norman, con su Cecil Beaton, sorteó a un cocinero que estaba fumando un cigarro junto a los cubos de basura y volvió a las cocinas.

Al cerrar la camioneta y arrancar, el señor Hutchings reflexionó que leer una novela de Ivy Compton-Burnett exigía su tiempo. Él nunca había llegado muy lejos en sus obras y pensó, con razón, que pedir prestado el libro había sido más bien un gesto, una gentileza que él agradecía. El ayuntamiento siempre estaba amenazando con recortes en el presupuesto de la biblioteca y el patrocinio de tan ilustre usuaria (o cliente, como prefería decir el cabildo) no sería nada perjudicial.

(…)

—¿Qué le ha parecido, señora? —preguntó el señor Hutchings.

—¿Dame Ivy? Un poco seca. Y todo el mundo habla igual, ¿se ha dado cuenta?

—Para decirle la verdad, señora, nunca he leído más que unas pocas páginas. ¿Hasta dónde ha llegado Su Majestad?

—Oh, hasta el final. Cuando empezamos un libro lo terminamos. Nos han educado así. Libros, pan y mantequilla, puré de patatas: no hay que dejar nada en el plato. Siempre ha sido nuestra filosofía.