Martoccia en Ñ Digital

7 ene

Marcela Mazzei entrevista a María Martoccia para Ñ Digital.

Con un hablar pausado y repleto de matices, María Martoccia elige las palabras –confiesa que las adora– en cada respuesta que ofrece la tarde de esta entrevista, en un minúsculo y encantador café de Buenos Aires. En ellas hay devenir y discurso, modulaciones del volumen de la voz y un tema recurrente, la literatura. “¿En qué otro arte te podés dar el lujo de volver a hacer materia lo ya pensado?”, se pregunta la autora de Desalmadas (La Bestia Equilátera), la última novela de una trilogía iniciada con Los oficios (2003) y Sierra Padre (2006), que encontró en la sierra cordobesa un ecosistema donde transcurren las voces, olores, manías y gestos que se entrelazan en un relato orgánico.

Allí encontró el combustible para sus “historias enhebradas con registros”, que incluyen a un comisario poco ortodoxo que contiene a un grupo de delincuentes “de este lado de las rejas”, unas señoras que personifican la decadencia de la clase media porteña y a la conciencia del hombre de la sierra que observa crecer “techos con tejas que cuestan más de lo que él gana en un año entero”: el infinito comportamiento humano desde cierto punto de vista.


Desalmadas
transcurre en un pueblo de las sierras de Córdoba, donde está su hogar actualmente. ¿Cómo fue la decisión de incluir este paisaje?
Siempre escribo desde un lugar: me interesa el registro de lengua, el tema del extranjero; me fascinan el vocabulario, los modos de hablar… Mi primer libro, Caravana, incluye cuentos de mi paso por Asia e Inglaterra. Y no sé si voy a seguir con la sierra ni cuántos lugares más me quedarán en la vida. Pero me preocupo mucho –con o sin éxito– en buscarles el registro adecuado a los personajes.


Sin embargo no es el dialecto cordobés estándar, ese de los contadores de chistes…

Eso no es Córdoba. Hay verbos que se encuentran ahí… Pensemos en los personajes del último capítulo, en la manera en ella que se dirige a él está el machismo cordobés. Así como me ocupo de que las plantas y las flores sean las adecuadas –y tengo pasión por las plantas– incorporo el vocabulario.


A lo largo de la narración aparecen una serie de opuestos: los hombres y las mujeres, los que creen y los que no, los peronistas y antiperonistas…

“¿A vos quién te gusta, Borges o Cortázar? ¿Querés más a tu papá o a tu mamá?” Este es un país de blanco y negro. Y en cuanto a hombre-mujer, no solamente Córdoba sino todo el interior es fuertemente machista. Pero también está Rosario, una de las que se animan…


Y algunos hombres aparecen como “pollerudos”…

Qué linda palabra, pollerudo. Es así, yo me enamoro de las palabras. No las pienso a priori, pero cuando vas escribiendo, decís: “Bueno, este señor puede decir pollerudo”. Si es una señora remilgada tomando el té, habría que buscar qué dice… “¡Es un dominado!”, diría. Me gusta adecuar qué diría tal persona en una situación. Eso es lo que hago: enhebrar historias con su registro.


En estas historias las mujeres emergen protagonistas como las malas.

Se puede decir –no es un error– desalmados; se dice mucho menos. El hombre es cruel, dañino, malvado, pero de entrada no son desalmados. La desalmada es una persona que toma una medida drástica pero como que “hay que hacerlo”. La idea que yo tomé es que a las mujeres alguna vez se nos cuestionó si teníamos o no alma, a los hombres nunca. Entonces ahí se aplica más, porque tenemos que demostrarlo.


Otro opuesto muy presente es el del campo y la ciudad, que aparece como algo violento, lejos de la imagen bucólica del campo.

Existe una brutalidad muy grande. En la ciudad comés un animal y no sabés que eso tuvo vida. Pero allá se faena, al perro que persigue las gallinas se lo ahorca, ante el árbol que te molesta nadie va a ser ecologista y quizás se extiende demasiado, esa brutalidad, llegando a extremos.


¿Qué clase de extremos?

En las explicaciones de esa brutalidad encontrás cosas muy diversas y algunas inaceptables. El incesto es brutal. Desconozco las razones, pero incesto y homicidio van de la mano. A mí me interesa plantearlo, ver que si sucede con reiteración hay algo que pasa, hay algo que analizar.


En el encuentro entre el campo y la ciudad surge una variante, una suerte de colonización porteña con rockeros en búsquedas místicas, vacaciones con alucinógenos bajo un manto hippie chic.

Totalmente, eso aparece mucho más en Sierra Padre. Sucede algo curioso para mí que me interesa la extranjería. Estoy casada con un señor realmente extranjero, un británico que hace 12 años está metido ahí. Y sin embargo yo soy la extranjera. Ahí funciona lo social, que desplaza muchísimo más. Porque nosotros llegamos porque queremos vivir ahí, y el que está por destino realmente no puede salir. Y vos te das el lujo de tener una veleidad hippie o creer que te gusta el campo o pensar plantar tomates y vivir de la tierra, ¿no?

Ahí también hay violencia.
¿Sabés la cantidad de gente que llega a la región: “vamos a vivir de lo que plantamos”? ¿Sabés lo que hay que saber y lo que hay que trabajar? Por supuesto que provoca que el lugareño te mire con muchísima sabiduría y tino diciendo: “¿Qué viene a hacer acá ella que pudo estar en otro lado?”. No lo expresan, pero ¿qué les vas a decir? Claro que tienen razón. En el 90 por ciento de los casos no se equivocan, porque a los 8 o 10 años emigran todos.


¿Esta experiencia tuvo consecuencias en lo emocional o hubo un aprovechamiento como material para la escritura?

Lo pude aprovechar. Ya van 12 años que vivo ahí, y no sé cuánto tiempo más. Escribo, me gusta, hay una gran soledad. Está bien, pero fueron momentos… Venía de países extranjeros, y es curioso porque haber vivido en países donde no conocía el idioma me dio un entrenamiento para esto, y entrar en contacto con otras culturas hizo que pudiera fijarme en la mía.


Desalmadas tiene un tratamiento bastante especial de lo sobrenatural, como si no hiciera falta que sucediera algo…
Del sobrenatural me gustan las pinceladas. Me gusta ceñirme… tener los pies sobre… Porque la literatura que me interesa no es la onírica que se dispara en explicaciones sobrenaturales.


Sin embargo, el relato se toma otras libertades, como la señora que dice que va a la iglesia y en realidad visita un supermercado chino.

Esa es una historia que me contó una amiga, que fue al supermercado y la cajera le contó que tenía dos nenas chiquitas en China y que nos las traía porque los chicos argentinos eran maleducados. A mí me quedó esa historia y decidí incorporarla, porque es otra más, otra mirada distinta: “¡Qué desalmadas que son, dejan a los chicos!”. Pero en definitiva es una manera de organizar la vida. No está en mí decir si está bien, apenas puedo presentar las cosas.


¿Qué otros elementos halló en la sierra que fueron incorporados deliberadamente?

Deliberadamente nada, porque no se escribe sin ideología. Es imposible hasta para escribir un párrafo. Uno no puede escribir dejando de ser quien es. Y voy a poner un ejemplo que provocó espanto: yo pienso que el sistema de castigo al que ha cometido un delito no funciona. No saben qué hacer, ya sea el crimen más aberrante o una lata de tomates en un supermercado, y los meten en lugares horrorosos para castigarlos. Que un funcionario público le asegure a una víctima que el delincuente se va pudrir en la cárcel me produce espanto. Pienso eso, vos me podrás decir “estás equivocada”, pero cuando yo escribo eso va a salir, porque uno no puede dejar de ser quién es.

Otra acepción del lugar desde donde se escribe.
Por supuesto que en algún lugar tenés que ubicarte. Quizás yo tenga mis convicciones demasiado fuertes y me guste que tambaleen. También tengo prejuicios, y está bien que tambaleen de vez en cuando. Me gusta la diversidad, aunque sea verla.

¿Qué lugar ocupa la literatura en su vida?
Es mi pasión, la encontré ahí y escribiendo descubro como pienso, en la estructura. Cuando me hablan de literatura de autoayuda digo: sí, la que hago para mí. Porque con los inconvenientes, a veces días malos, párrafos que no salen o personajes no logrados, eso no es estéril en mí. Cada uno tendrá su misión, pero creo que estamos acá para pensar un rato. No sé con qué fin, no hay mucho más. Y es bastante.

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