Lispector y Schmidt: escritores raros

21 jul

Silvia Hopenhayn sobre Arno Schmidt y Clarice Lispector, en La Nación, 20/07/2011.

Hay escritores raros. Por lo general, no figuran en las listas de los más vendidos ni se adaptan con facilidad a la pantalla grande. Más que contar una historia lineal, se embarcan en una especie de diálogo personal con el mundo que los rodea, que incluye desde sus lecturas más íntimas hasta las veleidades de la actualidad. Sus libros suelen ser estampas de una percepción fina, provista por una mirada lúcida que intercepta a sus lectores. No pretenden enseñar nada. Y, sin embargo, dejan a menudo una huella indeleble en la lengua. Desde Joyce hasta Faulkner, así como el inclasificable Arno Schmidt (1914-1979). De este último, acaba de publicarse una colección de cuentos, Meteoro de verano (La Bestia Equilátera), cuidadosamente traducidos por Gabriela Adamo, también responsable del prólogo, en el cual nos advierte sobre la extrema erudición del autor alemán, en combinación con su ironía y maldad implacables.

Arno Schmidt es un verdadero duelista de las palabras. Cada cuento parece un apunte. O más bien un despunte: del día, de un estado de ánimo, de un ardid. Veamos algunos comienzos: “Yo mismo no tuve grandes experiencias -cosa que, dicho sea de paso, no me importa en absoluto.” O “¡Leer es algo terrible! (…) A la mañana, en el tranvía, se ven con claridad los estragos que los escritores producen en nosotros; cómo nos obligan a aceptar sus reflexiones.” Por último: “Hay días raros: el sol ya sale de una manera particular; las nubes insulsas vuelan bajo; el viento se acerca en forma sospechosa desde todas las zonas del mundo”. Schmidt mezcla, superpone, lanza. Su mundo -aceptado- es la naturaleza, el arte y la ciencia. Lo inaceptable se manifiesta como una burla. Por eso hay muchas nubes, relámpagos, atardeceres, pero también descorches, empleadas domésticas y ratones. Julio Cortázar lo resume en un comentario al editor Francisco Porrúa: “Che, ¿vos leíste a Arno Schmidt? Es un alemán que se nos parece un poco, es decir que es terriblemente intelectual y al mismo tiempo está más vivo que un gato de azotea”.

Otros cuentos raros, recién publicados, son los de la escritora brasileña, de la misma generación, Clarice Lispector (1920-1977), reunidos bajo el título Felicidad clandestina (El Cuenco de Plata), en bella traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc. Son raros por otros motivos: un clima extraño, de tanteo en el abismo o en el desorden; por momentos parece escucharse la respiración de la autora a la hora de escribir. En varios de sus relatos, la felicidad se vuelve incómoda y conduce indefectiblemente a la soledad. Sobre todo la que atañe a los amigos del alma, en un cuento propicio -aunque poco auspicioso- para el día de hoy, “Una amistad sincera”: “Después de la conversación, nos sentíamos tan contentos como si nos hubiésemos regalado mutuamente”.

Leer también es una forma de la amistad, y puede llegar a más. “A veces me sentaba en la hamaca, meciéndome con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.”

Dime qué estás leyendo y te diré con quién andas…

fuente: La Nación.

 

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