La permanente alegría del azar

23 jun

El mármol de César Aira por Pedro B. Rey, para ADN

“La realidad es una gran coincidencia. Grandísima, si uno piensa qué enorme es la cantidad de unidades materiales e inmateriales que conforman la realidad”, apunta en los tramos finales de su vertiginosa aventura el protagonista de El mármol . Esta certeza, que parece derivarse de la teoría del caos, viene multiplicándose exponencialmente desde hace años en las novelas de César Aira, ese territorio literario moldeado por las combinaciones más extremas del azar.

El punto de partida de su último opus, que se editó con tres tapas distintas, es una tirada de dados ad hoc : la serie de bagatelas (una hebilla dorada, una cámara fotográfica del tamaño de un dedo, entre otras) que el narrador, un desocupado que depende económicamente de su mujer, selecciona en la caja de un supermercado chino para completar el vuelto chico. A esas fruslerías se les suman unos minúsculos “glóbulos de mármol”, de apariencia inútil.

El protagonista, que escribe para recordar por qué apareció un buen día bajándose los pantalones sobre un bloque de mármol, se apresta a remontar la serie de peripecias que lo condujeron a ese punto. “Remontar” es un verbo engañoso. Como en aquel texto inaugural de Raymond Roussel (“Entre los negros”), la literatura en este caso es la distancia que media entre la primera y la última escena, casi idénticas, con la guía circunstancial de las baratijas que de vez en cuando el protagonista extrae de su bolsillo.

Más de sesenta entregas después, los libros de Aira no son innovadores por este aceitado artilugio de repentización. Lo nuevo de El mármol consiste, aunque eventualmente recuerden algún libro previo, en las formas únicas que resultan de sus propias peripecias, suscitadas por los continuos bandazos que se producen en la mesa de billar que son las páginas de la novela. Al salir del supermercado, el narrador es abordado por un joven chino que lo sigue hasta su casa: según deduce, la precisa combinación de objetos que se llevó del negocio tiene relación con un concurso en clave. Hay un sapo de piedra que parece respirar, un traslado en moto, otro supermercado al borde de un abismo, una cantera de “premármol” y, acaso, quién sabe, extraterrestres. Estos elementos importan poco por sí mismos. En ese fluido vertiginoso del relato (nada en Aira es fantástico, a pesar de las apariencias), todo se somete al desfigurador campo de fuerzas de la narración pura. En sus entresijos, como también es norma, campean las disgresiones, desde el cálculo aritmético desopilante hasta la reflexión sobre lo imaginario o un género como la ciencia ficción, que el protagonista desprecia.

El mármol vuelve también a demostrar hasta qué punto, amparándose en su ya trillado “verosímil”, Aira es capaz de contrabandear aspectos de la realidad reconocible sin el riesgo de ridículo que corren escritores más apegados al referente. Lo hace con la misma felicidad de la tormenta de imágenes que se activa en un momento decisivo de la trama y que, se diría, ilustra el torbellino de toda su literatura.

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