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El libro del futuro (del pasado)

5 mar

En 1935 la revista norteamericana Science & Mechanics publicó una nota en la que predecía cómo sería el libro del futuro: un aparato mecánico conectado a una lámpara (¡de pie!) que iluminaba fotos de las páginas y las proyectaba ampliadas en una pantalla símil televisor. El lector, cómodamente sentado en su sillón, pasaba las páginas tocando un botón y  girando una larga perilla de metal. Cuanto más larga, más el confort de no tener que moverse:

 

 

En La Bestia estamos a favor de cualquier soporte que nos permita seguir leyendo, por eso publicamos en papel para los lectores tradicionales, y en digital para los amantes de lo nuevo.  Eso sí, todos nuestros libros son igualmente bellos y de cómoda lectura. Todos están  disponibles en nuestra tienda. ¡Pasen y vean!

Y si lo compran online, La Bestia se encarga de que lo reciban en casa. Incluso lo pueden esperar en bata, como el señor de la foto.

Elijan el que más les guste, y ¡sigan leyendo!

El Mármol. Capítulo 1

28 abr

Y luego de hablar sobre tapas y sobre el trabajo editorial de El mármol, solo queda leer. Les dejamos aquí el primer capítulo de esta novela de César Aira que tuvo el honor de ser seleccionada por los libreros para participar por el Premio del Lector de la Feria del Libro de Buenos Aires (lo pueden votar acá).
Que lo disfruten.

I

Cuando me bajé los pantalones incliné la cabeza y miré mis piernas, los genitales, los muslos, un conjunto tridimensional, sólido, algo levantado por presión de la superficie sobre la que estaba sentado. La visión tuvo algo de sorpresa, de gratificación. No es que me hubiera olvidado de la existencia de mi cuerpo, ni que la hubiera negado. Pero no la había tenido presente en todo el día, y quizás hacía varios días que no la llevaba a la conciencia, ocupada en problemas, obligaciones, distracciones, en todas las tareas grandes o pequeñas a que nos obliga lo cotidiano. Y de pronto…ahí estaban, mis miembros de placer y de locomoción, sanos y en forma, recordándome que como estaban ellos estaban también los pies que no veía en ese momento y el pecho y los brazos y la cabeza y todos los órganos internos, y hasta los ojos que veían… Me recordaban que lo animal en mí seguía vivo, lo biológico, la representación individual de la especie; un recordatorio de potencia de acción, una promesa de tiempo y movimiento. Fue una visión fugaz; no me demoré contemplando lo que conocía tan bien: fue el primer instante el que contó, y la sensación de íntima felicidad que persistió, sin una causa explícita, sin mucha justificación, pero persistió. Basta tan poco para alzarnos por encima del trabajo trivial y absorbente de negociar el día-a-día.

Como digo, fue un instante. Me demoré en relatarlo y explicarlo, y ahora que lo he hecho descubro que no puedo recordar en qué circunstancia me bajé los pantalones. Estoy seguro de que es uno de esos olvidos momentáneos, que se resisten obstinadamente al recuerdo cuando uno trata de forzar la memoria, pero ceden a él un rato después, de forma tan inexplicable e inmotivada como se produjeron. Así que espero, con la pluma suspendida a unos centímetros del papel… Pero no, no viene. Supongo que es porque estoy tratando de recordar, y la clave está en no tratar, olvidarse. Olvidarse para recordar. Tendré que esperar un rato, pensando en otra cosa, y entonces sí volverá, claro y entero, acompañado de una sonrisa, o una risita secreta, disipado ese pequeño vacío y restituida la integridad de los hechos.

Pero descubro que no puedo, por ahora, olvidarme y pensar en otra cosa. En todo caso, lo dejo para más tarde. Ahora no puedo porque me asalta (y quiero dejarme asaltar por ella: quiero disfrutarla) una infinita perplejidad ante la naturaleza del hecho. ¿Cómo pudo ser que yo me haya sacado los pantalones fuera de mi casa, en pleno día…? Estas dos últimas circunstancias las sé porque van unidas a la visión en sí, la que me quedó impresa: la luz era diurna, no artificial, venía del cielo; y definitivamente no estaba en mi casa… ¿Entonces? El enigma se ahonda. Uno puede olvidarse dónde o cuándo estornudó, o vio un perro Chow Chow, o hizo o le pasó cualquier otra cosa intrascendente. Pero bajarse los pantalones no es algo que se confunda con el fluir de actividades y percepciones, no es algo que pase inadvertido ni para los demás ni para uno mismo.

Trato de exprimir más datos de la única visión o el único momento que me quedó. (Mi pluma volvió a posarse en el papel hace rato. Renuncié a la espera pasiva.) Trato de encontrar el hilo que me lleve al recuerdo. Un solo dato, el mínimo, bastaría… Pero el único dato que logro sacar de la galera no podría ser más intrigante: yo estaba sentado, al sacarme los pantalones, sobre un mármol.

¿Un mármol? Mi desconcierto llega al máximo. No tengo dudas de que era mármol porque el mármol, o al menos la palabra, quedó adherido, no sé por qué, a la sensación original. No tiene nada que ver con la felicidad que me produjo esta, pero ahí está: mármol.

A todo esto, la sensación dichosa con la que empecé no se extingue. No la apaga el olvido, obstinado en no restituirme la ocasión del hecho; tampoco la desluce el enigma del mármol. Al contrario, el mármol le da un toque de extrañeza, de lujo exótico, de una cierta monumentalidad antigua. Viene a sumarse a una perplejidad que en sí misma es gratificante. Yo que no hago más que quejarme de lo aburrida y gris que es mi vida, de pronto me veo frente a un episodio atrevido y memorable, casi una aventura. No se me escapa que pudo ser algo banal, o hasta sórdido y deprimente. Existe esa posibilidad, si bien no le doy mucho crédito a priori, tan tímido y pacato me sé. Pero gracias a ese oportuno blanco en la memoria puedo conservar la incertidumbre en la que se aloja lo novelesco y legendario. Ahí está lo precioso de este segundo momento, y su fragilidad: de pronto, seguramente en unos instantes, se hará el recuerdo, todo se pondrá en su lugar, el mármol quedará explicado y la visión feliz de mis piernas desnudas, puesta en contexto, será apenas una de esas pequeñas alegrías inmotivadas que se dan en la vida, aun en vidas tan poco interesantes como la mía.

De modo que, en realidad, no quiero recordar. Lo que hace un momento me parecía que merecía un esfuerzo ahora me parece que merece un esfuerzo en contra. Quiero pensar en otra cosa, para preservar el olvido; pero recuerdo que lo más eficaz para traer algo a la memoria es no esforzarse en recordarlo sino pensar en otra cosa. De cualquier modo no puedo evitarlo porque me viene a la cabeza algo más. Me pregunto por qué quise dejar registrado por escrito el momento original. Trato de reconstruir la decisión. Aunque no importa si no puedo reconstruirla (no vale la pena molestarse) porque la decisión puedo volver a tomarla, y seguramente lo haré en los mismos términos, ya que sigo siendo el mismo que cuando me senté a escribir.

Quise preservar, poniéndola en negro sobre blanco, una felicidad que por mínima e inmotivada no habría tenido, de otro modo, en qué apoyarse.

El mármol fue elegido por un jurado de libreros para participar del Premio del Lector de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Pueden votarlo acá

 

El camino hacia El mármol – vol. 2

27 abr

 

Continuamos con esta serie de posts sobre la edición de El mármol de César Aira. Hoy queremos hacer público algo que suele quedar en las sombras del trabajo editorial: los bocetos de tapa descartados. El mismo día que Juan Pablo Cambariere (el diseñador) nos propuso el tríptico que sería el definitivo, nos presentó otros bocetos, siempre en juegos de a tres, porque así los trabajó. El mármol pudo haber salido con cualquiera de ellos, pero indefectiblemente había que elegir un tríptico. Los compartimos con ustedes:

 

Para cerrar con esta serie de posteos sobre la edición de El mármol, los invitamos a visitar la página de Juan Pablo, que además de un diseñador extraordinario es un gran artista. En este link, podrán encontrar más tapas de nuestra editorial y de otras y más bocetos “alternativos” de algunos de nuestros libros.

El camino hacia El mármol – vol. 1

26 abr

En el post del miércoles les contamos algunos detalles sobre nuestra edición de El mármol de César Aira: las tres portadas, las contratapas y el porqué. A veces, para llegar a una tapa definitiva hay un gran trabajo de ida y vuelta entre la editorial y el diseñador, entre lo que la editorial imagina y lo que el diseñador propone. Cuando le contamos nuestra idea a Juan Pablo Cambariere, el autor de las tres portadas, se entusiasmó enseguida con el desafío, y luego de unas semanas de trabajo “secreto” nos presentó una serie de trípticos (algunos de los cuales les mostraremos mañana). Entre los juegos de bocetos, estaba este:

No tuvimos dudas: el tríptico era ese, las tres ya estaban ahí. Cada tapa iluminaba un aspecto distinto de la novela y se diferenciaban muy bien unas de otras. Le pedimos algunas modificaciones, él hizo otras, hubo ajustes, retoques, y llegamos a las versiones finales: “la china”, “la de los sapitos” y “la tipográfica” o “página 7”, como las llamábamos.

Cada una de ellas, como les mostramos en un post anterior, con un texto de contratapa distinto y una reseña biográfica diferente.
A modo de juego, los invitamos a descubrir las diferencias entre el antes y el después de las tapas de El mármol.

¿Ya lo votaste?

26 abr

Como muchos ya saben, El mármol es uno de los veinte candidatos al Premio del Lector que organizó este año la Feria del Libro. Los libros fueron elegidos por un grupo de libreros, pero son los lectores con su voto quienes elegirán al ganador. Hoy queremos compartir con ustedes lo que algunos críticos opinaron de esta novela. Si todavía no la leíste, estás a tiempo; si todavía no la votaste, también.

El mármol vuelve también a demostrar hasta qué punto, amparándose en su ya trillado “verosímil”, Aira es capaz de contrabandear aspectos de la realidad reconocible sin el riesgo de ridículo que corren escritores más apegados al referente. Lo hace con la misma felicidad de la tormenta de imágenes que se activa en un momento decisivo de la trama y que, se diría, ilustra el torbellino de toda su literatura.

Pedro B. Rey, ADN Cultura

La novela (breve) prospera a través de las conexiones inesperadas que surgen de la realidad, o más bien de su lectura. Hasta lo más nimio puede conducir a reflexiones algorítmicas. Y eso es lo que caracteriza a Aira, la aventura de vivir está al alcance de los ojos, en cualquier momento y lugar.

Silvia Hopenhayn, La Nación

El mármol es una ficción con un ritmo inabarcable si no estamos preparados para los ires y venires de una literatura que se basta por sí misma, que no precisa de artilugios para justificarse. Eso a los que nos tiene acostumbrados Aira. Una novela sin pliegues, porque sólo acontece, es decir, propone lo que debe (y quiere) proponer: un lugar en el que lo lúdico de la palabra escrita no recurre a convenciones y espacios canonizados, sino, simplemente, a la literatura.

Alejandro Frías, El Sol

Para quienes leemos a Aira desde hace años, sin embargo, ambos sentimientos no son excepcionales: felicidad y satisfacción y admiración ante la “poesía desconocida” que actúa en este texto y en los otros suyos; la “universidad desconocida” de la que hablaba Roberto Bolaño en sus libros y que es la de la libertad y la de la literatura.

Patricio Pron, El Boomeran(g)

La veloz liviandad de su prosa impone la invención más allá del lenguaje: lo tensiona. Descentrada, inorgánica, con tintes esotéricos y en ocasiones risible hasta la carcajada, la nouvelle se despliega a través de una lógica rica en digresiones, estructurando así una estética de la imprevisibilidad.

Augusto Munaro, La Gaceta