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El Mármol. Capítulo 1

28 abr

Y luego de hablar sobre tapas y sobre el trabajo editorial de El mármol, solo queda leer. Les dejamos aquí el primer capítulo de esta novela de César Aira que tuvo el honor de ser seleccionada por los libreros para participar por el Premio del Lector de la Feria del Libro de Buenos Aires (lo pueden votar acá).
Que lo disfruten.

I

Cuando me bajé los pantalones incliné la cabeza y miré mis piernas, los genitales, los muslos, un conjunto tridimensional, sólido, algo levantado por presión de la superficie sobre la que estaba sentado. La visión tuvo algo de sorpresa, de gratificación. No es que me hubiera olvidado de la existencia de mi cuerpo, ni que la hubiera negado. Pero no la había tenido presente en todo el día, y quizás hacía varios días que no la llevaba a la conciencia, ocupada en problemas, obligaciones, distracciones, en todas las tareas grandes o pequeñas a que nos obliga lo cotidiano. Y de pronto…ahí estaban, mis miembros de placer y de locomoción, sanos y en forma, recordándome que como estaban ellos estaban también los pies que no veía en ese momento y el pecho y los brazos y la cabeza y todos los órganos internos, y hasta los ojos que veían… Me recordaban que lo animal en mí seguía vivo, lo biológico, la representación individual de la especie; un recordatorio de potencia de acción, una promesa de tiempo y movimiento. Fue una visión fugaz; no me demoré contemplando lo que conocía tan bien: fue el primer instante el que contó, y la sensación de íntima felicidad que persistió, sin una causa explícita, sin mucha justificación, pero persistió. Basta tan poco para alzarnos por encima del trabajo trivial y absorbente de negociar el día-a-día.

Como digo, fue un instante. Me demoré en relatarlo y explicarlo, y ahora que lo he hecho descubro que no puedo recordar en qué circunstancia me bajé los pantalones. Estoy seguro de que es uno de esos olvidos momentáneos, que se resisten obstinadamente al recuerdo cuando uno trata de forzar la memoria, pero ceden a él un rato después, de forma tan inexplicable e inmotivada como se produjeron. Así que espero, con la pluma suspendida a unos centímetros del papel… Pero no, no viene. Supongo que es porque estoy tratando de recordar, y la clave está en no tratar, olvidarse. Olvidarse para recordar. Tendré que esperar un rato, pensando en otra cosa, y entonces sí volverá, claro y entero, acompañado de una sonrisa, o una risita secreta, disipado ese pequeño vacío y restituida la integridad de los hechos.

Pero descubro que no puedo, por ahora, olvidarme y pensar en otra cosa. En todo caso, lo dejo para más tarde. Ahora no puedo porque me asalta (y quiero dejarme asaltar por ella: quiero disfrutarla) una infinita perplejidad ante la naturaleza del hecho. ¿Cómo pudo ser que yo me haya sacado los pantalones fuera de mi casa, en pleno día…? Estas dos últimas circunstancias las sé porque van unidas a la visión en sí, la que me quedó impresa: la luz era diurna, no artificial, venía del cielo; y definitivamente no estaba en mi casa… ¿Entonces? El enigma se ahonda. Uno puede olvidarse dónde o cuándo estornudó, o vio un perro Chow Chow, o hizo o le pasó cualquier otra cosa intrascendente. Pero bajarse los pantalones no es algo que se confunda con el fluir de actividades y percepciones, no es algo que pase inadvertido ni para los demás ni para uno mismo.

Trato de exprimir más datos de la única visión o el único momento que me quedó. (Mi pluma volvió a posarse en el papel hace rato. Renuncié a la espera pasiva.) Trato de encontrar el hilo que me lleve al recuerdo. Un solo dato, el mínimo, bastaría… Pero el único dato que logro sacar de la galera no podría ser más intrigante: yo estaba sentado, al sacarme los pantalones, sobre un mármol.

¿Un mármol? Mi desconcierto llega al máximo. No tengo dudas de que era mármol porque el mármol, o al menos la palabra, quedó adherido, no sé por qué, a la sensación original. No tiene nada que ver con la felicidad que me produjo esta, pero ahí está: mármol.

A todo esto, la sensación dichosa con la que empecé no se extingue. No la apaga el olvido, obstinado en no restituirme la ocasión del hecho; tampoco la desluce el enigma del mármol. Al contrario, el mármol le da un toque de extrañeza, de lujo exótico, de una cierta monumentalidad antigua. Viene a sumarse a una perplejidad que en sí misma es gratificante. Yo que no hago más que quejarme de lo aburrida y gris que es mi vida, de pronto me veo frente a un episodio atrevido y memorable, casi una aventura. No se me escapa que pudo ser algo banal, o hasta sórdido y deprimente. Existe esa posibilidad, si bien no le doy mucho crédito a priori, tan tímido y pacato me sé. Pero gracias a ese oportuno blanco en la memoria puedo conservar la incertidumbre en la que se aloja lo novelesco y legendario. Ahí está lo precioso de este segundo momento, y su fragilidad: de pronto, seguramente en unos instantes, se hará el recuerdo, todo se pondrá en su lugar, el mármol quedará explicado y la visión feliz de mis piernas desnudas, puesta en contexto, será apenas una de esas pequeñas alegrías inmotivadas que se dan en la vida, aun en vidas tan poco interesantes como la mía.

De modo que, en realidad, no quiero recordar. Lo que hace un momento me parecía que merecía un esfuerzo ahora me parece que merece un esfuerzo en contra. Quiero pensar en otra cosa, para preservar el olvido; pero recuerdo que lo más eficaz para traer algo a la memoria es no esforzarse en recordarlo sino pensar en otra cosa. De cualquier modo no puedo evitarlo porque me viene a la cabeza algo más. Me pregunto por qué quise dejar registrado por escrito el momento original. Trato de reconstruir la decisión. Aunque no importa si no puedo reconstruirla (no vale la pena molestarse) porque la decisión puedo volver a tomarla, y seguramente lo haré en los mismos términos, ya que sigo siendo el mismo que cuando me senté a escribir.

Quise preservar, poniéndola en negro sobre blanco, una felicidad que por mínima e inmotivada no habría tenido, de otro modo, en qué apoyarse.

El mármol fue elegido por un jurado de libreros para participar del Premio del Lector de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Pueden votarlo acá

 

El camino hacia El mármol – vol. 2

27 abr

 

Continuamos con esta serie de posts sobre la edición de El mármol de César Aira. Hoy queremos hacer público algo que suele quedar en las sombras del trabajo editorial: los bocetos de tapa descartados. El mismo día que Juan Pablo Cambariere (el diseñador) nos propuso el tríptico que sería el definitivo, nos presentó otros bocetos, siempre en juegos de a tres, porque así los trabajó. El mármol pudo haber salido con cualquiera de ellos, pero indefectiblemente había que elegir un tríptico. Los compartimos con ustedes:

 

Para cerrar con esta serie de posteos sobre la edición de El mármol, los invitamos a visitar la página de Juan Pablo, que además de un diseñador extraordinario es un gran artista. En este link, podrán encontrar más tapas de nuestra editorial y de otras y más bocetos “alternativos” de algunos de nuestros libros.

El camino hacia El mármol – vol. 1

26 abr

En el post del miércoles les contamos algunos detalles sobre nuestra edición de El mármol de César Aira: las tres portadas, las contratapas y el porqué. A veces, para llegar a una tapa definitiva hay un gran trabajo de ida y vuelta entre la editorial y el diseñador, entre lo que la editorial imagina y lo que el diseñador propone. Cuando le contamos nuestra idea a Juan Pablo Cambariere, el autor de las tres portadas, se entusiasmó enseguida con el desafío, y luego de unas semanas de trabajo “secreto” nos presentó una serie de trípticos (algunos de los cuales les mostraremos mañana). Entre los juegos de bocetos, estaba este:

No tuvimos dudas: el tríptico era ese, las tres ya estaban ahí. Cada tapa iluminaba un aspecto distinto de la novela y se diferenciaban muy bien unas de otras. Le pedimos algunas modificaciones, él hizo otras, hubo ajustes, retoques, y llegamos a las versiones finales: “la china”, “la de los sapitos” y “la tipográfica” o “página 7”, como las llamábamos.

Cada una de ellas, como les mostramos en un post anterior, con un texto de contratapa distinto y una reseña biográfica diferente.
A modo de juego, los invitamos a descubrir las diferencias entre el antes y el después de las tapas de El mármol.

Una misma novela, tres tapas, más de una lectura

25 abr

Y quizás los objetos podían ser
cualesquiera, quizás no estaban
predeterminados sino al revés: eran
ellos los que determinaban el curso de
los acontecimientos; el cliente podía
llevarse unos u otros, al azar, de la gran
variedad disponible: y según cuáles
fueran así sería la aventura que viviría
su portador.
César Aira, El mármol

Es sabido que César Aira publica varios libros por año, en distintas editoriales, en distintas ciudades del mundo. Nadie tiene una idea exacta de cuántos libros lleva publicados hasta hoy, y sospechamos que ni el mismo Aira lo sabe. En La Bestia siempre lo hemos admirado mucho, y cuando nos llegó El mármol, una novela llena de sorpresas, nos propusimos homenajear a Aira y a su obra proliferante desde la misma edición.

Se nos ocurrió una idea simple y divertida: hacer tres portadas, cada una con una contratapa y una solapa biográfica distintas. A pesar de su brevedad, la novela misma invitaba a más de una lectura, a más de un modo de “entrar”, y eso fue lo que intentamos reflejar. Aira fechó El mármol el 21 de diciembre de 2009. El arte de tapa es de Juan Pablo Cambariere. Nuestra primera edición de 1.500 ejemplares (500 en cada versión) se imprimió y salió a la venta en febrero de 2011. La que hoy se consigue en librerías, y que reimprimimos varias veces, es la que más les gustó a los lectores, pero a nosotros nos encantan las tres:

A falta de cambio, el cajero de un supermercado chino le ofrece al protagonista de esta novela que elija entre un montón de naderías. Resignado, el hombre manotea al azar unas pilas chinas, un ojo de goma con luz, una tabla de proteínas, una hebilla dorada, una cucharita lupa, un anillo de plástico y una cámara fotográfica del tamaño de un dado. Ignora que al salir lo espera una aventura, y que a esos objetos que cree inútiles podrá darles una función insólita en cada capítulo de sus andanzas.
Las novelas de César Aira convocan a un lector dispuesto a jugar con él el juego de la improvisación. Con la irreverencia de un niño y la inocencia de un artista genial, Aira consigue lo imposible: crear la sensación de que lo que cuenta va naciendo, frase a frase, en el puro presente del lector.
Heredero de las vanguardias del siglo XX, César Aira encontró en sus procedimientos un atajo hacia la fuente primordial de la narración y, con más de sesenta novelas publicadas, ha creado una obra entregada al riesgo y tocada por la gracia de una rara libertad.

César Aira nació en Coronel Pringles en 1949. Vive en Buenos Aires desde 1967. Publicó más de sesenta títulos, entre ellos: La luz argentina; Los fantasmas; La guerra de los gimnasios; La villa y Las noches de Flores, pero también obras como El infinito; La trompeta de mimbre; El juego de los mundos; La pastilla de hormona y Mil gotas. Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán y a otras lenguas. En una entrevista, contó cómo escribió una de sus primeras novelas: “Un día estaba dando un examen de literatura argentina en la facultad. (…) El profesor me interrumpió diciendo que así no se podía exponer la obra de Borges. Me produjo tal indignación que me quisieran decir cómo hablar de Borges que salí del examen y, al día siguiente, me puse a escribir Las ovejas, una novelita donde los animales, a causa de la sed, descubren el idealismo. Tenía veinte años y en ese texto escribí mi versión de Borges, para que nadie volviera a decirme qué es la literatura”.


Sentado sobre un mármol, un día el narrador de esta novela observó su cuerpo desnudo y sintió una “íntima satisfacción”. Pero ¿en qué circunstancia lo hizo? ¿Lo habrá soñado? ¿Lo estará inventando? El mármol es un largo rodeo por las tierras de la memoria y la fantasía en busca de una explicación. En el camino aparecerán una extraña amistad, supermercados chinos, mundos extraterrestres iguales al nuestro y un sapo de piedra (que late) en el que acaso se cifren los destinos de la humanidad o al menos de un par de paladines de ocasión.
El yo que narra es la aventura secreta dentro de esta aventura, y como en un juego de develamientos, César Aira va dibujando el perfil de un hombre melancólico, culposo, xenófobo, mantenido por su mujer, al que la realidad –insospechada como en todas sus novelas– le tiene reservada una nueva alianza con la vida.

César Aira nació en Coronel Pringles en 1949. Vive en Buenos Aires desde 1967. Publicó más de sesenta títulos, entre ellos: El llanto; Diario de la hepatitis; Cumpleaños; Fragmentos de un diario en los Alpes; El tilo; Cómo me reí; La vida nueva. Es autor de libros de ensayos como Copi; Nouvelles impressions du Petit Maroc; Alejandra Pizarnik; Las tres fechas; Edward Lear. Además de innumerables best-sellers, tradujo a Jane Austen, John Franklin Bardin, Allen Tate, Jan Potocki, Stephen King, Ray Bradbury y J.R. Ackerley. En una oportunidad escribió: “Eso es la literatura entonces. Una especie de efecto feliz que no tuvo causa”.

Un hombre va de compras a un supermercado chino y el cajero, a falta de cambio, le ofrece algunos cachivaches, entre ellos unos misteriosos glóbulos de mármol. Al salir, el encuentro con un joven dispara una serie de aventuras que involucran la promesa de un premio, el hallazgo de una cantera en el bajo de Flores y a una pandilla de supermercadistas chinos llegados de otro planeta, idéntico al nuestro. La vida –y no solo la de estos personajes– gana nuevas dimensiones.
Con César Aira entramos enseguida en el terreno de la fábula, y esta vez el protagonista secreto es un sapo de piedra, un adorno olvidado, semienterrado en un jardín: “Hablando con propiedad, la imaginación, ¿para qué sirve? ¿No es ella también, y ella en primer lugar, un objeto sin función aparente incrustado en la mente? Son los objetos extraños los que le crean una función…”.
Las materias de Aira –las volteretas que puede provocar una simple transacción de dinero, la repetición y la proliferación, lo insólito en lo cotidiano, lo microscópico y lo cósmico– alcanzan en El mármol una asombrosa condensación. Un fervor único, delicado, se apodera de esta novela y del lector, capturado por el encanto de quien escribe creyendo que la literatura es el mejor de los juegos –de los mundos– posibles.

César Aira nació en Coronel Pringles en 1949. Vive en Buenos Aires desde 1967. Publicó más de sesenta títulos, entre ellos: Moreira; Ema, la cautiva; El vestido rosa. Las ovejas; El bautismo; La liebre; La costurera y el viento; Un episodio en la vida del pintor viajero. En su formidable Diccionario de autores latinoamericanos, escribió sobre Braulio Arenas: “Aunque prolífico, Arenas conservó algo de ‘novelista aficionado’, de poeta que experimenta con una forma que no es la suya y lo hace con singular libertad, sin condescender en moldes o mecanismos convencionales. Inventó su propia técnica y la reinventó en cada libro”. Algo no muy distinto podría decirse de este inclasificable escritor argentino.

El camino hacia La Intromisión

26 mar

La tapa de un libro es muy importante. Es lo que está a la vista en la mesa de una librería y lo primero que uno ve de un libro. Antes de encontrar la tapa definitiva siempre hay varias opciones que van quedando en el camino. En esta ocasión les mostramos todas las opciones de tapa de La Intromisión, de Muriel Spark, que diseñó Juan Pablo Cambariere para llegar a la portada elegida. Están ubicadas en el orden en que fueron realizadas, la última es la tapa que elegimos y que ustedes pueden ver en las librerías o en sus bibliotecas.