Carta de la Bestia

29 dic

Buenos Aires, diciembre de 2010

Estimado lector:

 

Una de las ideas que tenemos en La Bestia sobre la lectura no coincide con la que tienen los jefes de marketing: no creemos que los libros sean colecciones de moda (tampoco lo contrario). Y en diciembre planeamos con mucha delectación El caballero que cayó al mar, una novela que garantiza nuestra concentración porque es una historia sin resquicios, absolutamente enemiga del tedio. En un crucero entre Honolulu y Panamá un hombre resbala en una mancha de aceite y cae al agua. Da la casualidad, no siempre posible, de que el hombre es un caballero. Da la casualidad de que el agua es el mar. Quiere decir, un hombre respetable, honesto, trabajador. Financista, miembro de un club de remo, padre de dos hijos. Quiere decir, nada menos que el océano, tan insaciable y repetidor como le gustaba a Valéry. En medio del mar, los atributos del caballero de poco sirven. Y así, este libro sencillo, con apetencia de lectura exclusiva, que empieza pareciéndose a Relato de un náufrago termina pareciéndose a Musil. Claro que no hay ningún guiño, ninguna ambición “intelectualosa”, porque en realidad al que se parece de veras Herbert Clyde Lewis es a Scott Fitzgerald, de quien se confesaba admirador.

Distraer la atención con estas palabras es un acto de complicidad discreta, y menos que con el negocio tiene que ver con la amistad, con el placer —en absoluto secreto— de contagiar un gusto, de transmitir una novedad.

En La Bestia estamos seguros de algo: a los que nos gusta leer, para no volvernos definitivamente locos como el Quijote, nos gusta estar a mano con la ficción y con la realidad. El caballero de esta novela de Lewis lo hace posible.

Un saludo cordial,


La Bestia Equilátera


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