Historico | marzo, 2012

Sorteo LBE

30 mar

 

 

 

Ya llega abril, y con abril dos nuevos libros de La Bestia para tentar a nuestros lectores: Que el mundo me conozca de Alfred Hayes y Jugador de Alexander Baron. Cada libro que publicamos es un motivo de festejo para nosotros y esta vez se nos ocurrió festejarlo organizando un sorteo.

La consigna es sencilla. Queremos que nos cuenten cuál de los libros de La Bestia Equilátera fue el que les gustó más y por qué. No hace falta que se explayen demasiado, no esperamos una crítica literaria ni mucho menos (aunque si quieren pueden hacerlo), solo que nos digan cuál es su libro preferido y por qué. Si no leyeron ningún libro de la editorial igual pueden participar. En ese caso cuéntennos cuál les gustaría leer hoy mismo. Pueden revisar acá el catálogo entero.
Entre todos los que participen dejando un comentario en esta misma entrada, sortearemos un ejemplar de Que el mundo me conozca y otro de Jugador. Hay tiempo hasta el Lunes 2 de abril a las 22 hs. Los ganadores se anunciarán el martes 3. Con las dos personas ganadoras nos comunicaremos vía mail (que queda registrado al dejar el comentario) y acordaremos la entrega.
Así, sin mucho más que decir, les dejamos el espacio a ustedes. A contar.

UPDATE: GANADORES

Hemos realizado el sorteo con una de las tantas herramientas que hay en Internet para hacer sorteos transparentes. En este caso elegimos mystort.net y estos son los resultados.

Ganadora de Que el mundo me conozca de Alfred Hayes: Lulii Cattáneo.
Ganador/a de Jugador de Alexander Baron: Guri

Pueden corroborar el resultado del sorteo aquí. Los dos primeros nombres son los ganadores.

A lo ganadores felicitaciones y nos comunicaremos vía mail para acordar la entrega de los libros.
Al resto gracias por participar, habrá más concursos en estos días.

 

Enciclopedia de datos horribles

30 mar

Autor de éxito, periodista que en los años cincuenta se conectó con los beatniks y Malcolm Lowry, David Markson supo escribir también algunos libros de oscura raigambre de vanguardia. Es el caso de la perturbadora La soledad del lector, una sucesión de fragmentos que, a pesar de parecer inconexos, están sostenidos en una trama de firmes hilos ocultos.

Por Fernando Krapp

El escritor Roberto Bolaño tuvo una idea bastante sintética y efectiva sobre la literatura norteamericana. En su artículo sobre Huckleberry Finn señaló que la narrativa norteamericana tiene dos hermanos de sangre; los que brotan de las aguas blancas de Melville y los que bajan por la corriente de Mark Twain. David Markson (1927-2010) parece estar en la confluencia de los dos linajes; el delta de la confluencia. Ya que en sus orígenes supo ser un desconcertado novelista popular que sin quererlo ni buscarlo terminó escribiendo una novela de éxito titulada The ballad of Dingus Magee con la previsible adaptación al cine y Sinatra en el reparto. De ahí en más, Markson abrazó la bohemia californiana haciéndose amigo de Dylan Thomas y Jack Kerouac, pasó un tiempo cerca de la frontera con México para tener una vida similar a la de Geoffrey Firmin, etílico héroe de la obra magna de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, y luego, de vuelta en Nueva York, se dedicó sistemáticamente a destruir su propio estilo hasta convertirse él mismo en un personaje sin sustento ni trama, desesperado por las efemérides de artistas, bibliófilo empedernido, escritor oculto de toda una generación, rescatado por el hoy admirado David Foster Wallace.

El estilo de Markson comenzó a afianzarse después de que cincuenta y cuatro editoriales rechazaron el manuscrito de La amante de Wittgenstein (1988), su novela más conocida (aunque no la más exitosa), y que funciona como una suerte de precuela de la (anti)saga que comienza con La soledad del lector (1996), recientemente traducida por La Bestia Equilátera.

A simple vista, La soledad del lector reúne todas las cualidades para ser una novela aburrida. Fragmentos, disrupciones, citas no reconocidas, preguntas existenciales sobre el origen y el futuro de la novela como género, y un largo etcétera que contribuyó a forjar gran parte de la novela experimental de los años setenta. Pero, ¿qué le pasa al lector pasado el primer fragmento? ¿Por qué no puede dejar de leer esa novela fragmentada sobre sucesos trágicos de artistas plásticos, músicos y escritores? ¿Por qué la novela ejerce sobre quien la lee un poderoso influjo hipnótico, que resulta imposible no adentrarse de manera lineal en todas las frases que destila el libro?

El hermetismo deliberado de la novela es, lo sabemos, un buen ingrediente para el delirio interpretativo. Pero, concretamente, hay en el curso sin trama de la novela una posible pista para un mapa de lectura. Ya que a pesar de su collage de situaciones y frases, de su aparente dispersión que simulan el moderno deambular por los hipervínculos de Internet, se dejan entrever tres líneas paralelas que articulan el monótono cauce: la línea que relata la historia de un supuesto Protagonista y su vida; la que narra la relación del Lector con el Protagonista; y la que cuenta las vidas trágicas de artistas conocidos, con citas de dudosa procedencia, tales como “Jonathan Swift dejó su dinero para que se fundara un hospital para enfermos mentales. Y murió loco”. O bien: “Faulkner murió luego de una caída de su caballo”. Esos textos cortos, aforismos trágicos, condensan en pocas oraciones no sólo las causas y consecuencias del pasaje de la vida a la muerte de artistas célebres, sino rasgos distintivos, peculiaridades, extravagancias, que hacen de la vida de un artista una obra de arte. También buscan tensionar el estado de frase concentrando al máximo el conflicto, de ahí la hipnosis voyeurista que ejerce sobre el lector.

¿Por qué seguimos leyendo el patetismo de todos los escritores-artistas, músicos y sus muertes que, en lugar de ser enaltecidos en el podio del canon, son revelados como enfermos sin cura, antisemitas, misántropos, repulsivos personajes de novelas baratas?

Carlos Gamerro señala que la literatura norteamericana tendría un tercer linaje; el de los muertos vivos. El linaje que nace viejo, gótico, decrépito, en decadencia, como la herencia de Nathaniel Hawthorne desde La letra escarlata para acá.

David Markson también navegó por esas aguas cuando después de su paso por el western y policial decidió dar un brusco salto de estilo (muy parecido al giro que hizo Mario Levrero), y mató desesperadamente a la novela para revivirla de los restos de frases y epitafios y demostrar su propia imposibilidad de llenar ese aterrador vacío del discurso.

Fuente: Radar Libros

El camino hacia La Intromisión

26 mar

La tapa de un libro es muy importante. Es lo que está a la vista en la mesa de una librería y lo primero que uno ve de un libro. Antes de encontrar la tapa definitiva siempre hay varias opciones que van quedando en el camino. En esta ocasión les mostramos todas las opciones de tapa de La Intromisión, de Muriel Spark, que diseñó Juan Pablo Cambariere para llegar a la portada elegida. Están ubicadas en el orden en que fueron realizadas, la última es la tapa que elegimos y que ustedes pueden ver en las librerías o en sus bibliotecas.

 

La soledad del Lector en Libros del Pasaje

18 mar

Por Alejandro Schonfeld

1.

Al principio pensás que lo que tenés entre manos es algo así como una versión más culta de laEnciclopedia de datos inútiles de Homero Alsina Thevenet. Que Picasso esto, que Emily Dickinson aquello, que Camille Claudel pasó los últimos treinta años de su vida en un manicomio. También pensás que cada vez que el autor pone “el Lector” se refiere a vos, el lector. Pero no: en ambas cosas estás equivocado. El libro que estás leyendo es una novela, aunque compuesta de “referencias y alusiones intelectuales, y “sin casi nada de novela”. Y “el Lector” no sos vos: es el autor. Ya nos lo había advertido el epígrafe de Borges: “Ante todo me considero lector”.

2.

Y cuando te das cuenta de esas dos cosas, te surge un nuevo pensamiento: “estoy ante una novela difícil, sesuda, tengo que pensar, tengo que prestar atención”. (“Tengo un relato. Pero tendrás que esforzarte para encontrarlo”, nos azuza el escritor, el Lector). Te volviste a equivocar: nada más alejado de la realidad. La soledad del lector de David Markson no sólo no es un libro “difícil” sino que es uno de esos libros que se lee como viene, sin esfuerzo, en cualquier circunstancia, sin poder parar y que de pronto se terminó. “Hipnótico”, lo llama Kurt Vonnegut en la contratapa.

3.

David Markson nació en 1927 en Nueva York y murió ahora, en 2010. En la década del cincuenta supo ser amigo de la pomada (Kerouac, Dylan Thomas) y hasta se carteó profusamente con Malcom Lowry, mientras escribía por encargo westerns y novelas policiales (Epitaph for a Tramp [1959], Epitaph for a Dead Beat [1961] y The Ballad of Dingus Magee [1965]). La fama le llega tarde, en 1988, con la publicación de su novela Wittgenstein’s Mistress. La soledad del lector [Reader’s Block] es de 1996, y da inicio a la serie que se completa con This Is Not a Novel [2001], Vanishing Point [2004] y The Last Novel [2007] que efectivamente es su última novela.

4.

Anecdotario de la historia del arte universal, lista de antisemitas, de suicidas y de obsesos y a la vez novela sorprendente, La soledad del lector es además una muy buena puerta de entrada a la obra de este escritor que según David Foster Wallace representa “el punto más alto que podemos encontrar en la ficción experimental de los Estados Unidos”.

Fuente: Libros del Pasaje