Historico | mayo, 2011

Lectura de junio: Arno Schmidt

20 may

Feliz libertad

9 may

Augusto Munaro, para La Gaceta, Tucumán:

“Una nouvelle descentrada, inorgánica y con tintes esotéricos”

Con su engañoso aire de divertida desprolijidad, la última “novelita” de César Aira vuelve a radicalizar el panorama literario nacional. El mármol articula una historia lineal, apenas una excusa para continuar el psicodélico mundo airiano. Un desmemoriado sexagenario, ansioso de aventuras, entabla una extraña amistad con un adolescente chino, quien lo llevará por un sinnúmero de peripecias por el barrio de Flores. Impulsado por la improvisación como estrategia narrativa, Aira utiliza la fragmentación de lo cotidiano para así abolir todo rastro de psicologismo y concentrarse, en cambio, en la elasticidad de su trama. Pronto el lector podrá confirmar con qué endiablada soltura el autor desliza su imaginación siguiendo el pulso de los comics y los libros de género, para mantener a la creación en su máximo nivel de radicalidad. Asimismo juguetea con los estereotipos, los reinventa. La veloz liviandad de su prosa impone la invención más allá del lenguaje: lo tensiona. Descentrada, inorgánica, con tintes esotéricos y en ocasiones risible hasta la carcajada, la nouvelle se despliega a través de una lógica rica en digresiones, estructurando así una estética de la imprevisibilidad.

En la era donde se multiplican las escrituras homogéneas y anodinas, Aira apuesta por una prosa transparente, creando una cadencia, un ritmo único de irresistible juego. Cambiando el curso del argumento casi como la cantidad de páginas que componen la historia, Aira define la novela como sinónimo de libertad. Una feliz libertad que busca incansablemente aniquilar todas nuestras convicciones acerca de la realidad, y por sobre todo, su propia obra. Porque a este escritor hay que valorarlo en su totalidad. Ocurre que Aira, lleva escribiendo desde Las ovejas (1971), un único libro, cuyos capítulos (sus breves novelas que en número ya superan las 60 publicadas), se ramifican siempre hacia delante, inventando las soluciones a sus delirios que se coleccionan como exóticas cajitas chinas, una dentro de otra.

Al igual que Borges, Aira ha podido crear un mundo ficcional con sus propias leyes, sus propios paradigmas; en otras palabras, forjó un procedimiento autónomo de escritura: una matriz narrativa única e irrepetible.

 

Fuente: La Gaceta.

El campo de Desalmados

7 may

por Laura Ramos

Me gusta el campo en la literatura de María Martoccia porque se parece al campo árido y amarillo, de pasto seco, seco de espíritu, de mi adolescencia (Despeñaderos, provincia de Córdoba). En el campo de María Martoccia a los loros se los quema, cuando no se los comen los perros; a las vacas se las carnea y a los pulgones se los aniquila con sulfato; las pieles de los conejos se clavan en marcos de madera; a los perros vagos que no ladran, que no sirven para nada, se los ahorca. En el campo donde se refugió mi padre, que desconocía todo sobre el campo pero que leyó mucho sobre cría de animales, de un día para otro se instalaron decenas de familias de ovejas, de vacas, de cerdos y de perros hambrientos. Los animales, desprotegidos a causa de la impericia de mi padre para su crianza pese a su afán por vencer esa dificultad, fuera de control como no fuera bajo el control malvado de la naturaleza, se comieron unos a otros, en una serie de sacrificios sin ritual ni sentido, sin otra poesía que la poesía del mal.

El escritor austríaco Thomas Bernhard, en su novela El sobrino de Wittgenstein , que leí mucho antes de conocer la obra de María Martoccia, abomina del campo: “Era inimaginable qué podía buscar en el campo Irina, mujer de la gran ciudad. Aquella mujer que, año tras año, iba cada noche a un concierto o a la ópera o a una obra de teatro, había alquilado de la noche a la mañana una alquería de una sola planta, de la que la mitad se utilizaba como pocilga, como pudimos comprobar con espanto Paul y yo, y en la que no sólo había goteras sino que, además, como no tenía sótano, había una humedad que llegaba hasta el techo. Y allí estaban sentados de repente Irina y su musicólogo, que durante años había escrito en periódicos y revistas vieneses, apoyados en una estufa americana de hierro colado y comiendo el llamado pan de aldeano hecho en casa, con la ropa raída y desgarrada y, mientras yo me tenía que tapar las narices por el penetrante olor de la pocilga, elogiaban el campo y maldecían de la ciudad. El musicólogo no escribía ya artículos sobre Webern y Berg, sobre Hauer y Stockhausen, sino que partía leña ante la ventana o vaciaba las aguas fecales de la cegada letrina. Irina no hablaba ya de la Sexta o la Séptima, sino nada más de la carne ahumada que, con sus propias manos, había colgado en la chimenea, no hablaba ya de Klemperer o la Schwarzkopf, sino del tractor del vecino que la despertaba ya a las cinco de la mañana, con el gorjeo de los pájaros. Al principio habíamos creído que Irina y su musicólogo marido volverían muy pronto a la música, dejando su fascinación por la agricultura, pero nos engañamos. Pronto no se habló ya en absoluto de música, como si nunca hubiera existido. Íbamos a verla, y nos servía su pan amasado por ella misma y su sopa cocinada por ella misma y además los rábanos cultivados por ella misma y tomates cultivados por ella misma, y nos sentíamos engañados y pensábamos que nos tomaba el pelo. En pocos meses, Irina se había convertido de la mujer refinada de la gran ciudad y la más apasionada de las vienesas en una provinciana de la Baja Austria, honrada campesina, que colgaba en la chimenea su carne ahumada y cultivaba sus hortalizas, lo que, desde nuestro punto de vista, equivalía a una autodegradación radical y no podía dejar de repelernos”.

Como Irina, María Martoccia, por lo que sé, vive en el campo, en el interior de la provincia de Córdoba (la misma topografía de Despeñaderos, se me ocurre, por la cercanía geográfica y la hosquedad de sus héroes), pero a diferencia de Irina, escribe libros, y no creo que cocine su propio pan o siembre hortalizas. No creo que cultive estas costumbres rurales alguien que describe el campo con tal parquedad, sin ningún apego, sin ánimo de construir una mística pero con la decisión de crear una atmósfera (Sierra Padre; Desalmadas). En esos términos es que su lectura me traslada a la atmósfera del campo, al que mi abuela llamaba Desamparados pero que podría llamarse también Desalmados, donde viví con mi madrastra durante el golpe de estado de 1976. Los personajes de María Martoccia se asientan, como dice Luis Chitarroni, en “las gélidas aguas del cálculo egoísta”. Las mismas gélidas aguas en las que navegan los personajes de Honorato de Balzac, algunas de cuyas aventuras, desplegadas en los dieciséis volúmenes desvencijados de la biblioteca de mi padre, leí durante aquel invierno.

En el comienzo de Ursula Mirouët , Balzac reúne en la placita de la iglesia del pueblo de Nemours a los herederos que traman una conspiración contra la heroína. No hay bondad ni campechanía provinciana en el campo de Balzac. Sin embargo, pese al cálculo egoísta al que alude Luis Chitarroni (cita a Carlos Marx en Mil tazas de té , un libro precioso), las novelas provincianas de Balzac no me hablan de la topografía que conozco, sino de una topografía de costuras y bordados que se enlazan con el mundo imaginario en el que me gustaría vivir.

 

Vía Clarín

Sobre Schmidt

6 may

No conozco a otro escritor que haya oído con tanta atención a la lluvia, que contradijera tantas veces al viento y que otorgara a las nubes apellidos tan literarios.

Günter Grass

 

Aquí tenemos a un verdadero escritor que nos escupe su asco en la cara.

Hermann Hesse

 

Arno

5 may

Che, ¿vos leíste a Arno Schmidt? Es un alemán que se nos parece un poco, es decir que es terriblemente intelectual y al mismo tiempo está más vivo que un gato de azotea.

Carta de Julio Cortázar a Francisco Porrúa, 5 de enero de 1964