Historico | marzo, 2011

Mundo Aira

31 mar

Alejandro Frías, El Sol, 22 de marzo:

 

¡Guau! Así de sencillo. Leer El mármol, la nueva novela de César Aira (editorial La Bestia Equilátera) es comenzar, seguir y terminar con un ¡guau! Porque no da tregua. Eso a lo que nos tiene acostumbrados Aira. El mármol es una ficción con un ritmo inabarcable si no estamos preparados para los ires y venires de una literatura que se basta por sí misma, que no precisa de artilugios para justificarse. Eso a los que nos tiene acostumbrados Aira. Una novela sin pliegues, porque sólo acontece, es decir, propone lo que debe (y quiere) proponer: un lugar en el que lo lúdico de la palabra escrita no recurre a convenciones y espacios canonizados, sino, simplemente, a la literatura. Eso a los que nos tiene acostumbrados Aira.

MERCADO CHINO. En El mármol, César Aira pone a disposición de lectores ávidos una historia en la que personajes, situaciones y objetos van construyendo una trama inesperada que, sorpresivamente, se encamina a un universo en el que la fantasía es la cómplice ineludible. Un hombre hosco, solitario, acomplejado por su situación marital y laboral, desconfiado pero expectante de lo que el día le puede deparar, se ve envuelto en una transacción elemental, como es la de completar un vuelto, en un mercado chino.

Para, de una vez por todas, redondear una cifra, escoge una serie de objetos banales, chucherías que se producen en serie en algún lugar de Oriente, o al menos eso es lo que cree. La selección (azarosa) de tales insignificancias marcará el inicio de una odisea en la que personajes insospechados irán trazando la ventura de este hombre, para quien pocas cosas parecen tener sentido. Un sapo de piedra que cobra vida (o que al menos late), el pre-mármol y el post-mármol, una civilización extraña pero idéntica a la nuestra, un espacio para someterse a la creación (despiadada, irreverente, fantástica) de un autor para quien lo que prima es la literatura, entendida como un sembradío sin límites.

PALABRA DE AIRA. Los personajes que acompañan al protagonista de El mármol en la secuencia de hechos increíbles son chinos, orientales establecidos en Buenos Aires, propietarios de mercados que ya son un elemento más del paisaje porteño. Por el tratamiento de esos personajes, es ineludible, luego de la lectura, preguntarse qué hay tras la elección de ellos como colaboradores en la trama, quizá, si no es una herramienta del autor para individualizar a los chinos en Buenos Aires y conferirles, mediante un rol concreto, una entidad desestigmatizante.

Pero Aira, en comunicación con El Sol y con su habitual estilo de sinceridad, aseguró: “No se me ocurrió ni remotamente que los chinos puedan estar discriminados o estigmatizados, y si se me hubiera ocurrido, habría buscado otro tema”. El mármol es una novela absolutamente visual, con un ritmo casi cinematográfico, además de que, mediante estos personajes impredecibles, cuestiona la realidad desde la ficción.

Respecto de estos aspectos de la novela, Aira sintetiza: “El peligro principal de lo que hago está en que el juego de las ideas, al que soy tan proclive, me lleve a la abstracción o a una especie de narcisismo del pensamiento dando vueltas sobre sí mismo. Trato de evitarlo, acentuando el costado visual del relato, creando escenas en las que el sentido de la acción salga de las formas y los movimientos, no de las causas y los efectos.

Por lo demás, a la filosofía no me la tomo en serio, la considero ‘una rama de la literatura fantástica’, como dijo Borges. En realidad, creo que es algo peor que eso: un puro parloteo inútil, que se toma en serio. La literatura es más honesta: es un puro parloteo inútil que no se toma en serio”. Llegar a El mármol es introducirse en un mundo impredecible, un mundo sorpresivo, un mundo Aira.

“Simple y magistral”

2 mar

Más elogios para El caballero, ahora en El Sol de Mendoza, por Alejandro Frías.


Simple y magistral. Sólo eso. Sencillamente eso. No hace falta más para describir El caballero que cayó al mar (editorial La Bestia Equilátera), la novela de Herbert Clyde Lewis de 1937 que acaba de ser publicada en español por primera vez. Con una sencillez deslumbrante, Lewis invita a acompañar al señor Standish desde el momento en que este cae al océano sin que ninguno de los tripulantes o pasajeros del barco lo note. Perdido en el medio del Pacífico, Standish no sufrirá tanto hundirse en el agua (destino del que tampoco se salvará) como sumergirse en sus propias cavilaciones, siempre impostadas, acordes con su clase social y con las formas que hay que cuidar.

Que un náufrago no acepte la situación en la que se encuentra y que por momentos se preocupe más por el canje de los billetes de viajero que se le han mojado, por el manojo de llaves que lleva consigo o por el posible ridículo que pasará sobre cubierta al ser rescatado son los recursos con los que Lewis se encamina a una crítica a las imposturas de la clase alta y hacia una obra literaria con rasgos filosóficos, sociológicos y psicológicos, entre otros puntos de vista desde donde se puede encarar la novela. “Está buena porque hace que el hombre piense sobre su vida”, es la síntesis de Eliseo, de 13 años. Y la frase funciona como invitación a un naufragio entre las páginas de El caballero que cayó al mar.