Historico | diciembre, 2010

Una Reina sobre una Dama

30 dic

Lugar de la aparición: Alan Bennett, Una lectora nada común, Barcelona, Anagrama, 2008 (traducción de Jaime Zulaika).

Ceri-Radford

Ella aún no había resuelto su problema, porque sabía que si se marchaba con las manos vacías el señor Hutchings pensaría que la biblioteca era algo deficiente. Entonces, en un estante de volúmenes de aspecto bastante raído, vio un nombre que recordaba.

—¡Ivy Compton-Burnett! Puedo leer esto.

Sacó el libro y se lo dio al señor Hutchings para que lo sellara.

—¡Qué delicia! —Abrazó el libro, con un ademán poco convincente, antes de abrirlo—. Oh, la última vez que lo pidieron fue en 1989.

—No es una autora popular, señora.

—Vaya, me sorprende. Yo la hice Dame.

El señor Hutchings se abstuvo de decir que aquel no era necesariamente el camino para llegar al corazón del público.

La reina miró la foto en la contracubierta.

—Sí, recuerdo aquel pelo, era como la corteza de una empanada alrededor de la cabeza. —Sonrió y el señor Hutchings supo que la visita había concluido—. Adiós.

El bibliotecario inclinó la cabeza, como le habían dicho que debía hacer si alguna vez surgía la eventualidad, y la reina se fue en dirección al jardín, mientras los perros ladraban otra vez salvajemente. Norman, con su Cecil Beaton, sorteó a un cocinero que estaba fumando un cigarro junto a los cubos de basura y volvió a las cocinas.

Al cerrar la camioneta y arrancar, el señor Hutchings reflexionó que leer una novela de Ivy Compton-Burnett exigía su tiempo. Él nunca había llegado muy lejos en sus obras y pensó, con razón, que pedir prestado el libro había sido más bien un gesto, una gentileza que él agradecía. El ayuntamiento siempre estaba amenazando con recortes en el presupuesto de la biblioteca y el patrocinio de tan ilustre usuaria (o cliente, como prefería decir el cabildo) no sería nada perjudicial.

(…)

—¿Qué le ha parecido, señora? —preguntó el señor Hutchings.

—¿Dame Ivy? Un poco seca. Y todo el mundo habla igual, ¿se ha dado cuenta?

—Para decirle la verdad, señora, nunca he leído más que unas pocas páginas. ¿Hasta dónde ha llegado Su Majestad?

—Oh, hasta el final. Cuando empezamos un libro lo terminamos. Nos han educado así. Libros, pan y mantequilla, puré de patatas: no hay que dejar nada en el plato. Siempre ha sido nuestra filosofía.




Carta de la Bestia

29 dic

Buenos Aires, diciembre de 2010

Estimado lector:

 

Una de las ideas que tenemos en La Bestia sobre la lectura no coincide con la que tienen los jefes de marketing: no creemos que los libros sean colecciones de moda (tampoco lo contrario). Y en diciembre planeamos con mucha delectación El caballero que cayó al mar, una novela que garantiza nuestra concentración porque es una historia sin resquicios, absolutamente enemiga del tedio. En un crucero entre Honolulu y Panamá un hombre resbala en una mancha de aceite y cae al agua. Da la casualidad, no siempre posible, de que el hombre es un caballero. Da la casualidad de que el agua es el mar. Quiere decir, un hombre respetable, honesto, trabajador. Financista, miembro de un club de remo, padre de dos hijos. Quiere decir, nada menos que el océano, tan insaciable y repetidor como le gustaba a Valéry. En medio del mar, los atributos del caballero de poco sirven. Y así, este libro sencillo, con apetencia de lectura exclusiva, que empieza pareciéndose a Relato de un náufrago termina pareciéndose a Musil. Claro que no hay ningún guiño, ninguna ambición “intelectualosa”, porque en realidad al que se parece de veras Herbert Clyde Lewis es a Scott Fitzgerald, de quien se confesaba admirador.

Distraer la atención con estas palabras es un acto de complicidad discreta, y menos que con el negocio tiene que ver con la amistad, con el placer —en absoluto secreto— de contagiar un gusto, de transmitir una novedad.

En La Bestia estamos seguros de algo: a los que nos gusta leer, para no volvernos definitivamente locos como el Quijote, nos gusta estar a mano con la ficción y con la realidad. El caballero de esta novela de Lewis lo hace posible.

Un saludo cordial,


La Bestia Equilátera


Presentación en sociedad

28 dic

Un nuevo libro se sumó a nuestro catálogo. Con ustedes, Henry Preston Standish, el caballero de La Bestia.

“Los enamorados”, libro del año para Ñ

24 dic

En su edición especial del 18 de diciembre, la revista Ñ eligió a Los enamorados como una de las novedades de narrativa extranjera más importantes del año. En su artículo, Alejandra R. Ballester nos cuenta por qué.

Tejida con los hilos tenues del discurso amoroso, Los enamorados logra poner en evidencia cuán relativo puede llegar a ser el peso de la historia en la novela –¿acaso hay historia más conocida y codificada que la del amor?– frente al arte prodigioso de su narración.

Un hombre y una mujer joven, algo escéptico él –o así quiere creérselo–, pobre, frágil y propensa a la ilusión, ella. Ambos sin nombre, casi sin pasado, ella muy joven pero con una hija pequeña a cuestas; él, presuntamente escritor, huésped de hoteles de paso. Y, como trasfondo, Nueva York, la gran ciudad, con sus multitudes anónimas, en la que no es fácil encontrar “un lugar limpio y bien iluminado” y donde los personajes están radicalmente solos. Con estos mínimos elementos, el inglés Alfred Hayes (1911-1985), escritor y guionista poco traducido, rescatado del olvido por una editorial argentina, construye una novelita perfecta. (más…)

Calveyra por Hopenhayn

12 dic

En su columna de La Nación, Silvia Hopenhayn se asoma a los ensayos de Arnaldo Calveyra:

Hay libros que parecen una compilación de miradas a través de la ventana. Como si sus autores sustrajeran del paisaje, de la vida o de los días, algún párrafo misterioso y lo dispusieran en sus páginas. Son libros hechos de fragmentos reveladores, del fulgor del momento. El caballo blanco de Mozart (editado por La Bestia Equilátera), del poeta y narrador argentino radicado en París Arnaldo Calveyra -condecorado por el Ministerio de Cultura francés como Commandeur de l´Ordre des Arts et des Lettres–, resulta este tipo de obra.

Acá, el resto del artículo.